EL HECTOPLASMA DE MONTILLA
Posiblemente no haya habido jamás mayor hito del nacionalismo, mayor realización de esa simbiosis entre estado y nación que el nazismo. Y todos sabemos a que llevan esas concepciones de la realidad. Afortunadamente, en la mayor parte del mundo civilizado el estado no es más que el concurso de voluntades democráticamente expresados por los ciudadanos afincados en su territorio, y la nación no es más que la representación de esa colectividad. No tiene la nación la vida propia e independiente que los nacionalistas le conceden en su cosmovisión. Para nosotros los demócratas, del signo que seamos, la nación no es más que el símbolo de la unión de todos los ciudadanos. Nada más. Para nosotros la nación moriría con el último de sus ciudadanos: para los nacionalistas vive eternamente en el país de nunca jamás.
Este dualismo aristotélico mal aplicado y en cierta manera cutre que el nacionalismo aplica para explicar la nación, en el caso del nacionalismo catalán (primo pequeño de los nacionalismos fascistas) adquiere tintes cómicos. Por boca de los próceres más autorizados del nacionalismo se nos reconoce que Cataluña para ellos es algo así como un espíritu: su deformada formación romántica, su wagnerismo de andar por casa, reconocen a la nación Catalana como el espíritu independiente que se pasea por el mundo de lo existente, en una orgiástica lucha contra otra supuesta nación, Castilla-España, que lucha por exterminarla.
Pero tienen un grave problema, que intentan arreglar como buenamente pueden. El pueblo catalán que ellos tienen en mente sólo tiene alma. No tiene cuerpo. No tiene Estado.
Por mucho que se inventen estados pasados, estaditos feudales de primavera, no son más que cadáveres, yo diría abortos, de la historia. Desde la Iberia cartaginesa hasta la España borbónica España ha sido una unidad, más o menos cohesionado y tangible dependiendo del momento histórico. Las estructuras estatales de un supuesto estado catalán no son más que instituciones caducas del antiguo régimen, que nunca representaron a la soberanía nacional.
Y, apreciado lector, ya sea por tratarse de un espíritu sin cuerpo por haber muerto este en el pasado o por no haber llegado a nacer, el leiv motiv último del nacionalismo es el mismo. El nacionalismo de ERC, de Montilla, de Mas y de sus palmeros tiene detrás lo que evidentemente se ve. Una fantasmada. Un espíritu sin cuerpo es un fantasma. Un fantasma que nos puede dar miedo y que puede ser muy malévolo y nocivo, pero que como todos los fantasmas sólo existe en las mentes humanas que se lo inventan.
Es por ello normal que toda la política catalana actual sea una gran fantasmada, un debate existencial que a nada lleva ni a nada nos conduce y que no arregla ningún problema real. Mientras nuestros políticos no exorcicen al fantasma de la nación catalana nuestros problemas cotidianos como ciudadanos seguirán aparcados. Y en nombre de ese fantasma sufriremos más fantasmadas, sin más límite que el que la imaginación enfermiza que los crea se autoimponga.
